Producir software puede ser hermoso, pero...
Editorial de Fabrizio Bitti
En los últimos meses he estado reflexionando sobre algunas noticias de tecnología de software e inteligencia artificial generativa: Sora, un producto tecnológico explosivo, crecimiento fulgurante, hype global… y luego cerrado en cuestión de pocas semanas. Todos intentamos hacer el vídeo de nuestro perro bailando claqué, pero cada vídeo costaba casi 2 dólares de electricidad, y la empresa generó un agujero de millones en un par de semanas para ver a los perros de todo el mundo bailar.
No es la primera vez y no será la última.
Pero el punto no es el producto individual. El punto es: ¿cómo se llega a crear algo y luego darse cuenta de que la dirección era equivocada?
Cuando desarrollas software hoy en día —ya sea una app móvil, una plataforma SaaS o un producto de escritorio— la tentación es siempre la misma: hacerlo todo.
Nuevas funciones, nuevos productos, nuevas líneas de negocio, nuevas integraciones. IA, automatizaciones, marketplace, capas sociales. Cada semana una dirección diferente. Cuando muestras tu producto, quien lo mira da por sentado lo que ya existe, pero te señala con el dedo lo que falta. En una reunión típica, lo que hay ocupa unos segundos, mientras que solo se detienen en lo que falta.
Sobre el papel parece innovación. En la realidad, a menudo es dispersión.
El problema es que cada producto tiene un costo real: desarrollo, infraestructura, mantenimiento, soporte, cumplimiento. Si multiplicas las iniciativas sin una estrategia clara, no estás escalando: estás diluyendo.
Y cuando la complejidad supera el valor generado, el sistema colapsa. No importa qué tan avanzada sea la tecnología.
Hay además un segundo error, aún más sutil: construir demasiado sobre activos que no controlas.
API de terceros, plataformas de distribución, modelos externos, marketplaces. Son aceleradores potentes, pero no son cimientos.
Si tu producto depende de forma crítica de algo que puede cambiar sus reglas, costos o existencia de un día para otro, no estás construyendo una empresa. Estás alquilando tu núcleo (core).
Y cuando el contexto cambia —por costos, por políticas, por estrategia— te encuentras persiguiendo, no liderando.
La lección para quien desarrolla software es simple e incómoda:
No es la velocidad de lanzamiento lo que determina el éxito, sino la sostenibilidad. Aunque el timing siga siendo importante, no es el factor que determina el éxito.
No es el número de funciones, sino la coherencia del producto.
No es cuánto integras, sino qué controlas realmente.
No es hacer más, sino hacer mejor. El enfoque no es una limitación. Es un multiplicador. Significa elegir qué no hacer. Significa proteger los recursos. Significa construir algo que resista incluso cuando el contexto cambia.
Porque al final, el problema no es que un producto pueda fallar. Sucede.
El problema es cuando falla porque has perdido la dirección. En ese caso, con una guía distinta, una dirección coherente podría haber evitado el fracaso.
Y si hoy estás construyendo, añadiendo, expandiendo… la pregunta que debes hacerte no es “¿qué más podemos hacer?”. Sino más bien: “¿estamos haciendo demasiado?”.
Si la respuesta es sí, ya sabes qué hacer. Cortar. Enfocar. Construir bien, o mejor dicho, muy bien.
